viernes, 23 de marzo de 2012

1. El culo del presidiario


  Si hay un culo trágico, en el sentido aristotélico, contumazmente arcano y al mismo tiempo arcón de boca mal cerrada para lo humano, ese es el del presidiario. Caprichoso y oscuro destino el suyo, alejado del culo del prófugo como un sapo de una bailarina. ¿Acaso este tiene algo que ver con el de quien lo patea en libre huida de los amos de rebenques y aparatos inquisitoriales? Podemos imaginar con gallardía el fértil y espontáneo culo de un Villon. ¡Qué espectáculo de febril gacela el de sus nalgas a la carrera en pos del siguiente verso! De taberna en taberna, su culo nos parece bravo y alquímico, capaz de destilar la mugre del mundo en espiritosas espiritualidades, ajeno a los dioses y sus olímpicos pedos. ¡Un fuerte aplauso!


  Pero, ¿qué belleza buscar en el culo de un Villon entre rejas? ¿Qué placer sacar de un culo encerrado? Como meter una caja en una jaula: la caja, hecha para encerrar, es ahora presa del continente oscuro. Por miedo, ya no se abre. Y nosotros, aburridos de su constricción atrofiada, preferimos mirar hacia otra parte. Es un culo deslucido y derrotado.

  De ahí su álgida humanidad: el culo perdedor ha caído en el cubículo de dioses más fuertes que los de la libertad. Y, así, el culo de Prometeo nos parecía de gran profundidad humanitaria mientras robaba el fuego; pero, una vez encadenado, ya es el hígado el que ocupa su lugar, como si de la fértil y espumosa diarrea del héroe hubiese pasado a la venenosa cirrosis del gris fracasado. De otros míticos culos podríamos decir lo mismo: titanes descarnados, Sísifos compadecidos con la debilidad del hombre, terminan su eternidad en nuestro olvido, en el cansancio que a nuestros ojos les causa sostener la mirada del ojo de sus culos inmortalizados en escleróticas restricciones e iteraciones. Esos culos padecen un estreñimiento desentusiasmador.

  Algo de esto le sucede al presidiario. Y, sin embargo, en su culo hay más, pues no ha conocido el promiscuo abono de la mezcla de lo humano y lo divino. No. El culo del presidiario provoca en nosotros conmiseración y estupefacción. ¿Qué de cosas no podría contar si hablase? En sus noches le caben los ensueños y pesadillas de los de su especie: y su culo está preñado de limas y barrenos, de martillos y palancas, de ganzúas y cigarrillos. Y también de más: es un butrón su culo en el que siempre podrá encontrarse clavado un cuchillo, como si fuese una artúrica espada empalando la fosilizada caca de la libertad. Su culo da pena y miedo: es el culo de todos nosotros.



  Destino de mierda, sin duda, pues tampoco nos apetece que ese culo, que saldrá mal sellado como un libro en el que se ha ido anotando la más sucia prosa del ser humano; ese culo, que ya se asemeja a la fachada trasera del antitemplo de Apolo en Delfos y que porta en las grietas de su fortaleza derribada estas runas: “He conocido demasiado” y “Todo ha sido un exceso insuficiente”; ese culo, que ha abandonado la Naturaleza y se ha transformado en una especie de mariconera para guardar el odio concentrado como pastilla de jabón Lagarto; ese culo, decimos, no queremos que vuelva a nuestros baños privados ni a los urinarios públicos, porque sabemos que mientras estaba en prisión no nos era ajeno, y la compasión hacía de nalga derecha y el terror de nalga izquierda: miedo del culo. Pero, ¿y fuera de la cárcel?

  No hay versos. Sólo hay tabernas. No hay tragedia. Sólo hay terror. Ya no hay palabras en ese culo sabio y reventado por la ausencia de dioses que obren con la repetición del castigo un placer. El culo del presidiario nunca más podrá cerrarse del todo, y por eso ha echado dientes, y, cuando se ríe, recrea una mueca macabra idéntica a un cínico signo de interrogación. Y las buenas personas no dejamos de pensar qué buen invento sería una guillotina de culos y qué miserables podemos llegar a ser, como si ser y miserable fuesen sinónimos.

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